Operación Messi: así se hizo argentino

Por Andrés Eliceche

Cuando tenía 16 años, Messi estuvo a punto de jugar para el seleccionado juvenil de España. A pesar de la insistencia del padre de Lionel, de los VHS con jugadas que maravillaban a quien los viera, de las sugerencias de otros técnicos, el DT de las juveniles de Argentina se resistía a llamarlo. Ante la presión española, que lo quería sí o sí en sus filas, la AFA organizó de apuro un partido amistoso que hoy casi nadie recuerda. Un periodista reconstruye la trama oculta del operativo que convirtió a Messi en jugador argentino para siempre.

Ni euros ni dólares. Ni siquiera unas monedas. Ver a Messi en su debut con la camiseta argentina costó un diario viejo. Entrar a la cancha de Argentinos Juniors la noche del martes 29 de junio de 2004 costó un Clarín, un Crónica, algunas hojas de resma A4. La reglamentación obligaba a cobrar una entrada para que el partido fuese considerado oficial por la FIFA. Como a pocos, poquísimos, podía interesarle un amistoso Sub 20 contra Paraguay, la Asociación de Fútbol Argentino dispuso que los espectadores llevaran papeles y diarios como donación al Hospital Garraham. Fue un atajo, como todas las decisiones contrarreloj que tomó la AFA en las semanas previas para lograr que Lionel Andrés Messi se pusiera la camiseta argentina y ya no pudiera jugar con ninguna otra que no fuera la celeste y blanca. Doscientas personas se bancaron la llovizna. Con el tiempo se creó el mito: hoy hay cientos de porteños que dicen haber estado esa noche del debut de un muchacho de 17 años recién cumplidos, que entró en el segundo tiempo, marcó un golazo pero hizo algo más importante: puso su firma en una planilla oficial de la FIFA que hoy está archivada en Zurich.

Un VHS en el hotel

El camino que llevó a Messi a vestir la camiseta argentina empezó en octubre de 2002, en el lobby del hotel Princesa Sofía de Barcelona. Marcelo Bielsa giraba por Europa para explicarles a los jugadores porqué había aceptado seguir como entrenador de la Selección, aun cargando el fracaso del Mundial de Corea-Japón. Un mediodía, un hombre se presentó en la recepción del majestuoso del hotel y preguntó por Claudio Vivas, el asistente técnico del entrenador. El visitante se presentó como “Jorge”, a secas, y dijo trabajar en las oficinas de Josep María Minguella, el veterano empresario del fútbol más influyente de la ciudad. Los representantes nunca les cayeron bien a Bielsa y sus ayudantes, así que Vivas bajó desde su habitación arrastrando los pasos para darle apenas unos minutos al tal Jorge. Con acento argentino, Jorge le preguntó a Vivas si conocía a Lio Messi. El apellido le sonaba: cuando era adolescente, Vivas había sido un discreto arquero de Newell’s Old Boys de Rosario, después entrenador de los juveniles del club y recordaba a Rodrigo Messi, un delantero de Newell’s categoría ‘80. Para Vivas todo lo que fuera Newell’s le era familiar: su papá, José, había fundado la escuela de fútbol del club. Al rato, también asoció ese apellido con el de su amigo Gabriel Digerolamos, también técnico, que había dirigido a un Messi categoría ’87. Pero no era ninguno de los dos. ¿Y quién era Jorge, el hombre que tenía sentado enfrente? Nadie lo asegura, ningún protagonista de aquel encuentro lo admitió alguna vez, pero resulta difícil no creer que era Jorge Messi, el papá de Lio.

Vivas, ahora entrenador de la selección sub 20 de Chile, escucha la recreación de aquella escena del hotel y asiente por teléfono desde Santiago. Habla bajo y en tono monocorde. No le gusta figurar en los créditos de esta historia. El único mérito, dice, corresponde dárselo a Lionel. Sus precisiones se terminan ahí: no recuerda el apellido de Jorge. La familia Messi omite deliberadamente la reunión. En “Elegí creer”, el libro lanzado en mayo de este año por la Fundación Lio Messi, se cuenta que a Vivas le dejaron un video con el rótulo “Messi” en la recepción del hotel, y que él decidió verlo “por curiosidad”. No se aclara quién lo dejó, aunque unos párrafos más atrás hay otros datos que sin querer ayudan a resolver el misterio: consciente de que España estaba detrás de su hijo menor, un crack de 15 años que deslumbraba en las juveniles del Barcelona, Jorge Messi llamó por teléfono desde Catalunya a la AFA para ver si alguien allí se interesaba por lo que tenía para contar y mostrar. En Buenos Aires lo atendió Omar Souto, un empleado administrativo de la Asociación. Le respondió que casualmente Bielsa y Vivas estaban en esos días en España. “Sabía que Bielsa estaría alojado en un hotel de Barcelona y le pasé la información a Jorge”, dice Souto en el libro. Los cabos se atan solos: Jorge es, tiene que ser, Jorge Messi, el padre de Lionel. Aunque nadie lo quiera decir. En aquel encuentro breve y fundacional, Vivas le pidió a Jorge un video del chico. El hombre sacó la cinta VHS que traía preparada, un compacto de doce minutos repletos de jugadas maravillosas de Lionel. Pero no era suficiente: Vivas: le pidió que le acercara cinco partidos completos, sin cortes. Jorge cumplió en menos de dos días, y lo alertó: la Real Federación Española de Fútbol había contactado al chico. Faltaban diez meses para el Mundial sub 17 de Finlandia, tiempo de sobra para inscribir el apellido Messi en la selección de España. Vivas, que ya había visto el primer video, recibió los nuevos VHS y le prometió a Jorge que iba a hacer una gestión con los entrenadores de las selecciones juveniles de Argentina. Pidió que no se apuraran a aceptar la convocatoria de España. Vivas sabía que faltaba un mes para regresar al predio de la AFA. Con la aprobación de Bielsa le anticipó la novedad por teléfono a Hugo Tocalli, el entrenador de la selección sub 17 de Argentina. Le pareció buena idea aconsejarle que citara a Messi antes de que fuera tarde. Igual que España, la Argentina disputaría Mundial de Finlandia en 2003. Y Tocalli, un hombre reflexivo, sólo le prometió ver los videos cuando Vivas estuviese otra vez en Ezeiza. Para los Messi, como siempre, la paciencia iba a ser un combustible vital.

Llamalo, Tocalli

Cuando la Selección de Bielsa regresó a la Argentina, Claudio Vivas fue del aeropuerto al predio de la AFA y le entregó los videos a Tocalli. Le volvió a sugerir la conveniencia de convocar cuanto antes al chico argentino del Barcelona, pero Tocalli no le decía ni sí ni no. Iba a pensarlo. Un testigo de la reunión, integrante todavía hoy de los planteles de entrenadores de las selecciones juveniles, recuerda que fue una charla tensa. Que hubo reproches. Que Vivas no entendía porqué Tocalli dudaba. Y que Tocalli guardaba silencio como en señal de sospecha: porqué tanto interés de Vivas en ese tal Messi. Hoy, diez años después, Vivas y Tocalli trabajan juntos en Chile. En vez de citarlo, Tocalli llamó al papá y le explicó que ya tenía un grupo armado, con el que trabajaba desde hacía dos años, y que no le parecía bien hacer un cambio a esa altura. Jorge Messi se quedó con una promesa: a su hijo lo tendrían en cuenta más adelante. Como jefe de equipo, Tocalli asumía un riesgo enorme: dejaba pasar la oportunidad de fichar a Messi para la Argentina. Ya en Finlandia, durante el Mundial, Tocalli constató personalmente que España seguía a Messi de cerca. Y pidió referencias más directas: en el plantel argentino estaba el defensor Luciano Formica, que había sido compañero de Lionel en Newell’s. “Es un crack”, le dijo Formica. En agosto de 2003 Tocalli seguía resistiéndose a convocar a Messi. Incluso ante el llamado telefónico de José Pekerman, su antiguo jefe. En octubre, dos meses después de volver de Finlandia, Tocalli trabajaba en la lista de los jugadores que llevaría al Mundial sub 20 de Emiratos Árabes, que tenía que presentar a fin de ese mes. Pekerman, entonces mánager del club español Leganés, intentó influir sobre su amigo. Atraído por algunos comentarios, Pekerman llegó al campo del Alcorcón, en las afueras de Madrid, a ver un partido de cadetes entre ese club y el Barcelona. Enseguida descubrió cuál era el chico argentino del que le habían hablado. El diálogo entre Pekerman y el chico de melena hasta los hombros lo recordó el propio DT, ocho años más tarde, en una entrevista con la revista El Gráfico.

—Vos sos argentino, ¿me conocés a mí?

—Sí, usted es Pekerman, el de la Selección.

Pero mirá que no dirijo más la Selección, me fui el año pasado.

—Sí, está en el Leganés, me lo dijo mi papá.

—No estoy más en la Selección, pero yo represento siempre al fútbol argentino, así que hoy voy a hablar con Hugo Tocalli, que está armando el equipo para el Mundial. Vos contale a tu papá.

Pekerman volvió a su casa y esa misma tarde llamó a Tocalli. No hubo forma de convencerlo. A Tocalli le parecía imprudente llevar a un chico que no había pasado por ningún seleccionado juvenil a un Mundial Sub 20. El torneo pasó. Messi seguía esperando una convocatoria de Argentina y le decía que no a los insistentes llamados de España. En noviembre de 2003, Ginés Menéndez, uno de los entrenadores de las selecciones juveniles españolas, viajó de Madrid a Barcelona a pedirle a Jorge Messi que Lionel aceptara de una vez y fichara para ellos. También el Barça operaba para que el chico eligiera la selección local. Nunca como en esos días España estuvo tan cerca de robarse a Messi. Una versión, nunca confirmada ni desmentida por los Messi, señala que en ese tiempo España llegó a ofrecer dinero a la familia para que el argumento fuese más convincente. Tocalli supo de estas gestiones y le pidió una reunión a Julio Grondona. Se vieron en la cancha de River el 30 de marzo de 2004, después de que la selección mayor le ganara a Ecuador 1 a 0. Tocalli le habló de Messi, los videos, la charla con Perkerman. Sin ninguna competencia en el calendario inmediato de la selección juvenil, estuvieron de acuerdo en que debían inventar algo que sirviera de excusa para convocar a Lionel.

Lionel Mecci

El fax con el membrete de la AFA se imprimió en las oficinas del Fútbol Club Barcelona. Era abril de 2004 y, por primera vez, un documento oficial ponía en palabras concretas que sí, que la selección argentina de fútbol quería ponerle la camiseta celeste y blanca al pibe que España quería fichar. Era citación para el mes de junio a entrenarse en Ezeiza. “Leonel Mecci”: así lo había escrito un empleado de la AFA.

La primera reacción del Barcelona al fax, en una respuesta firmada por el dirigente Josep Colomer, fue negarse: Messi, y no Mecci, escribió, debía jugar en esa fecha partidos por la Copa Su Majestad El Rey juvenil. Pero se impuso el criterio de la AFA, y cuando llegó el momento se confirmó el viaje de Lionel, un perfecto desconocido en su propio país. El viernes 25 de junio de 2004 Messi entró al predio de la AFA en Ezeiza. El día anterior había cumplido 17 años. “Llegó y nos abrazamos”, recuerda Lautaro Formica, por teléfono, desde Grecia. “Siempre se habla de la timidez de Leo, pero se integró bien al grupo. No es verdad que no hablaba. Le gustaban los chistes, como a todos”, dice. Formica y Ezequiel Garay fueron la guardia pretoriana del recién llegado: Garay también conocía a Messi de Newell’s; los tres son rosarinos. Hugo Tocalli recibió al nuevo en su oficina del predio. Y allí hablaron por primera vez. Una charla breve. Lionel le dijo lo mismo que a los españoles tantas veces: que siempre había querido jugar para la selección argentina. Los jugadores sub 20 salieron al campo a entrenarse. Dos días antes habían jugado un amistoso contra Paraguay en Asunción. Ahora, acordó la AFA con su par de Paraguay, debía jugarse la revancha en Buenos Aires. Los paraguayos ni siquiera tenían armada una selección sub 20 y se presentaron con una formación sub 22. No importaba: había que jugar y Messi tenía que firmar la planilla.

El juez y el fotógrafo

El lunes 28 de junio, un día antes del partido, Gabriel Brazenas recibió un llamado en su casa: era un empleado de la AFA, que le preguntó si estaba disponible para dirigir 24 horas más tarde un amistoso entre juveniles de Argentina y Paraguay. Le sonó raro: las citaciones a los árbitros para partidos internacionales suelen hacerse con dos semanas de anticipación. Diez años después, Brazenas recuerda muy bien los detalles que rodearon al acontecimiento, pero no es tan sencillo acceder a los datos de su memoria; sólo afloja la sequedad de su tono cuando comprueba que el periodista, igual que él, no quiere hablar del partido que le cambió la vida, sino de uno cinco años anterior. La carrera de Brazenas terminó abruptamente el 5 de julio de 2009, cuando Vélez le ganó el título a Huracán en la última fecha del torneo Clausura con un gol polémico cerca del final. Para los hinchas de Huracán, que todavía reclaman por esa jugada y otras del mismo partido, la ecuación no admite vueltas: Brazenas no los perjudicó, los robó. Estigmatizado y amenazado de muerte, el árbitro no volvió a dirigir un partido oficial. Se gana la vida trabajando en la empresa de su hermano y, cada tanto, jugando a ser árbitro en partidos que organiza –y protagoniza– Daniel Scioli en su quinta de villa La Ñata. “Cuando me designaron, me aclararon que debía llevar sí o sí planillas de la FIFA para registrar el partido. Me llamó la atención porque en esa clase de amistosos a veces ni siquiera se deja algo escrito”, dice Brazenas. “Cuando llegué, el comentario era que en el segundo tiempo iba a entrar un chiquito muy bueno”. La misma información tenía Mario Quinteros, el fotógrafo que Clarín envío a La Paternal para cubrir el partido. Sus fotos saldrían al día siguiente en el diario y en Olé. Quinteros a la cancha con una orden explícita de su jefe: “El partido no importa, importa el pibe. Se llama Messi.” Con ese dato, decidió que no valía la pena esperar a que el chico entrara a jugar y antes del comienzo del partido lo fue a buscar al banco de suplentes. Se acercó y recorrió con su mirada las caras de todos los muchachos, sin tener idea de cuál era su presa. Entonces preguntó, mirando al grupo: “¿Quién es Messi?”. Uno adelantó su cuerpo: “Soy yo”. Quinteros se enorgullece del resultado: “Salió sonriendo, inclinado para que yo lo identificara”.

El 17

“¡Calentá, pibe! ¿No querés jugar?”, le dijo Gerardo Salorio, preparador físico, al pibe de flequillo. Los suplentes de Argentina se movían dentro de la cancha durante el entretiempo de un partido desparejo: Argentina ganaba 4 a 0. Hugo Tocalli, el técnico, había ordenado dos cambios para la segunda etapa: saldrían René Lima y Matías Abelairas, dos juveniles de River, y entrarían Franco Miranda, también de River, Messi del Barcelona. “Cuando le dije así se despertó de golpe. Le salió esa mirada de león que después le vi tantas veces. Y empezó a correr más rápido”, cuenta diez años después Salorio. El hombre conserva el bigote canoso de entonces. Salorio sacó un libro en 2013, “Secretos de campeón”, e ilustró la tapa con una foto en la que levanta el brazo derecho, didáctico, y Messi lo mira de frente. “Esa movida de la AFA fue una hazaña”, dice Salorio. Cuando Messi entró, también estaban en cancha Pablo Zabaleta, Ezequiel Garay y Ezequiel Lavezzi, hoy integrantes de la selección mayor. Lionel llevaba la camiseta 17, que le iba grande de mangas: los dedos desaparecían debajo de los puños. “Me llegaba a la cintura”, exagera Brazenas. “Cuando hizo el primer sprint pensé: ‘la puta, acá algo hay’”. La cancha estaba rápida y Messi volaba: en cada arranque dejaba a dos o tres paraguayos en el camino. Pero la jugada cumbre, la que rebota en Youtube, la armó a los 35 minutos, cuando Argentina ya estaba 6 a 0 y no había manera de que se le escapara la Copa Centenario de la Asociación Atlética Argentinos Juniors. Lionel recibió la pelota sobre la izquierda del círculo de la mitad de la cancha, la controló con la zurda y cambió de velocidad; dos paraguayos lo vieron pasar cerca sin poder detenerlo. Messi ya tenía en la mira a Marco Almeda, el arquero. Amagó gambetearlo por la derecha pero se le fue por la izquierda y, con el arco ya libre, hizo una última corrección antes de asegurar el tiro, en la entrada del área chica. Gol. Fueron seis toques de zurda, incluido el remate, y uno de derecha, en seis segundos. Con la obra consumada, elevó su brazo derecho, aunque enseguida lo bajó y se dejó abrazar por Almerares, el primer compañero que llegó hasta él para felicitarlo. Messi no lo gritó. Sólo se permitió un gesto de alegría, quizás porque lo tomó de sorpresa: una sonrisa bien grande le inundó la cara cuando vio venir a Formica, su amigo, que corrió desde la defensa para levantarlo con fuerzas.

Brazenas recuerda un detalle más: “Estuve a punto de parar la jugada porque unos segundos antes había quedado tirado un jugador paraguayo.”

En TyC Sports, que emitió el partido en vivo, el comentarista Oscar Martínez reaccionó con originalidad, mientras observaba en su monitor la repetición del zigzag de Messi: “¿Me deja aplaudir, Giralt?”, le preguntó al relator, y sin que mediara una respuesta se puso a golpear las palmas.

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