Código deontológico del traductor

LAS CINCO REGLAS DE ORO

¡Nada de cacahuetes!

O lo que es lo mismo: ni hablar de trabajar a cambio de nada. Aceptar encargos que están muy por debajo de una remuneración digna no ayuda al colectivo de traductores en España, que ya de por sí se machaca por lograr un salario que esté en consonancia con los arduos años de estudio y el ingente esfuerzo que conlleva comunicar una idea en otra lengua.

Saber decir que no

Aunque se nos presupone un nivel de cultura general amplio, debemos ser conscientes de nuestras aptitudes. No hay que aceptar ningún trabajo para el que no estemos lo suficientemente capacitados. Hay que pensar que más vale un cliente contento y fiel, que cien insatisfechos. Al fin y al cabo, la avaricia rompe el saco.

¡Silencio, se traduce!

La confidencialidad supone que no debemos revelar a nadie el contenido de nuestros textos, y sobre todo, debemos procurar no airear en las redes sociales el encargo que nos trae de cabeza. Sentirse Edward Snowden puede tener su aquel, pero cuando se es traductor, mejor no arriesgarse.

El cliente: ese ente etéreo

En el caso de que seamos traductores en plantilla, hay que seguir las normas de la empresa, que suelen dejar bien claro que no se permite entrar en contacto con el cliente sin una autorización previa. La labor de intermediario la realiza el jefe de proyectos o el gestor de traducciones normalmente. Por tanto, así como el teléfono rojo de la Guerra Fría nunca sonó ni se descolgó, nosotros debemos hacer lo mismo con el número del cliente.

El sentido común no es tan común (Voltaire)

La quinta regla es seguir aquello que deberíamos aplicar al resto de las facetas de nuestra vida. En definitiva: el respeto, por encima de todo.

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