Señores, tengo hambre

Un cuento de Navidad

Un cuento de Navidad… escrito por un sin techo

“Señores, necesito ayuda”. Éste es el título de una pequeña obra de teatro escrita por José Manuel Yuguero Martínez, un hombre de 42 años que vive en la calle. Desde su rincón, rodeado de cartones, cuenta cómo ve a la gente que no lo ve. Una historia que sucede todos los días y que sólo percibimos cuando ya es demasiado tarde.

Escenario del frontal de la acera de una calle. Un banco para sentarse, una farola, una papelera. No hay nadie. Aparece un pobre con andares cansados y con unos cartones. El pobre se sienta acomodando su espalda en la pared del edificio, quedando frente al público. Saca un pañuelo, lo extiende en el suelo y después se saca unas monedas que cuenta y que deja sobre el pañuelo. A continuación muestra un letrero bien visible que dice:

“SEÑORES NECESITO AYUDA. GRACIAS”

El escenario se ilumina más y, de derecha a izquierda y viceversa, van llegando poco a poco transeúntes que aparecen por un lado y desaparecen por el otro. El pobre les sigue con la mirada pero ninguno de ellos le miran. Aparece una mujer con un carrito de la compra que viene hablando por el móvil. Se sienta en el banco, dando la espalda al pobre.

MUJER: A ver Pablito, ¿qué es eso de que no quieres desayunar? ¿Te parece bonito? (Pausa) ¡Pero si siempre te han gustado los phoskitos! (Pausa) ¡Pues si no te gusta la parte de arriba se la quitas! ¿Tú sabes que en el mundo hay gente que pasa hambre?

El pobre, que esta oyendo la conversación, se interesa por la misma, acerca un poco más su pañuelo con monedas a la señora y le da la vuelta a la cartulina, donde rápidamente escribe:

“SEÑORES TENGO MUCHA HAMBRE.

GRACIAS”

La mujer, de espaldas, no lo ha visto.

MUJER: ¿Tú sabes que hay niños en África que se mueren de hambre? (Pausa) ¡Pero cómo que a mí qué! ¡Pablito, ya te estás comiendo el phoskito y sin dejar una miga! ¿Lo has entendido? Todos los días igual. (Pausa) (Más tranquila) Venga Pablito, sé bueno con mami. Mira, corazón, le quitas la parte de arriba que no te gusta y te lo comes, ¿vale? Venga, corazón, un besito de mami que te quiere.

La mujer cuelga. El pobre le sonríe. Ella mira ligeramente al pobre y pasa de largo desapareciendo por un lateral del escenario.

Siguen apareciendo y desapareciendo transeúntes. Aparece un hombre de traje y corbata. También viene hablando por el móvil. Tiene aspecto de enfadado.

HOMBRE DE TRAJE: …Sí, sí, como lo oyes, un cuarto de hora llevo dando vueltas para que me cambien un mísero billete de 5 euros. Al final me multan con la mierda de los parquímetros. (Pausa) …Sí, pero a esa cita ya llego tarde. Es que lo que no puede ser es ir a enseñar un piso a un cliente y no saber ni dónde está… ¿Pero el piso este, esta bien? ¿Tú lo has visto? (Pausa) O sea, que igual nos encontramos una pocilga… Llámales y diles que… ¡Joder, todo lo tengo que hacer yo! Te recuerdo que estoy en medio de la calle, ¿dónde quieres que apunte el telefono? (Pausa) … A ver espera…

El hombre de traje se acerca al pobre y con un firme “disculpe” le arranca la esquina derecha del letrero que tiene entre sus manos, de manera que el texto del mismo queda así:

“SEÑORES TENGO MUCHA

GRACIA”

El pobre le mira un poco asombrado. Luego lee el cartel pero lo sigue mostrando.

HOMBRE DE TRAJE: Espera… Ya tengo para apuntar… A ver, dime… Sí, Plaza de la Concordia, 6. ¿Piso que? No te oigo… 3 D… Vale, ¿y esto dónde está? Yo estoy en la calle…. (El hombre busca la placa del nombre de la calle. Ahora no hay nadie más en la calle, sólo el hombre y el pobre) Es que no hay nadie a quién preguntar. Ah, espera, veo una placa… Calle del Lamento, a ver, dime, por dónde tiro… (Pausa) O sea, según voy, la segunda a la derecha ¿y ya está? (Pausa) Ok, sí, el telefono, sí, dímelo, que ya les llamo yo… a ver qué les cuento… (Pausa) Escucha, Pedro, si ellos estuvieran molestos por mi tardanza, yo también lo estoy, que llevo media hora con el coche en segunda fila y en esta mierda de barrio nadie tiene cambio. Venga, chao.

El hombre de traje cuelga y mira a ambos lados, sin saber dónde dirigirse. De nuevo, precipitadamente se dirige hacia el pobre y con otro firme “disculpe” coge varias monedas dejándole el billete sobre el pañuelo. Sin despedirse se va atropelladamente marcando el número de telefono.

El pobre se queda mirando el billete, sin tocarlo. Con dificultad, se levanta. Coge el billete y lentamente se dirige hacia una papelera donde tira el billete. De nuevo se dirige hacia donde estaba. Se vuelve a sentar, coge el letrero y empieza a escribir sin que el público lo lea. Lo gira. El letrero dice:

SEÑORES TENGO MUCHA

GRACIA

Y MUCHA DIGNIDAD

Por la calle siguen paseando transeúntes. Aparece la ama de casa por el mismo sitio por el que desapareció con el carrito de la compra lleno. Sigue hablando por el móvil.

MUJER: … Sí, ya sé que te lo prometí por tu cumple, Pablito, pero a mamá se le olvidó… (Pausa) Pero Pablito, no seas así… ¿De dónde quieres que saque un payaso ahora para tu cumple? Pero si no es por el dinero, Pablito, tú sabes que mamá por ti hace lo que quieras… pero es que tu cumple es mañana… Venga, no seas malo…

El pobre, que escucha la conversación. mira el letrero y tapa con la mano las últimas palabras (“y mucha dignidad”) y lo gira hacia donde está la mujer.

MUJER: … Mira, Pablito, tienes la piñata, las chuches, el karaoke… Os lo vais a pasar fenomenal… Por que tu cumple no tenga un payaso… (Pausa) No llores… Bueeeeno, a ver qué puedo hacer… Ahora va mami a casa y lo buscamos. ¿Vale? Pero no me llores, ¿eh? Besitos.

Mientras la mujer hablaba, el pobre se ha ido acercando humildemente hacia ella, con el letrero entre las manos (siempre tapando la última frase) y con ciertos andares de payaso. La mujer no se ha fijado en él. Sólo cuando cuelga se lo encuentra de cara, él con una sonrisa. La mujer se le queda mirando y apresuradamente le da unas monedas y se va. El pobre se queda solo, de pie, en la misma posición. Lentamente vuelve a su sitio.

Ahora no pasa nadie por la calle. Aparece un hombre joven que anda como perdido. Se sienta en el banco y llama por teléfono.

CLIENTE: Hola, chatita. Que me ha llamado el de la inmobiliaria. No se lo he cogido. Debe estar harto de esperar… Sí, es que me he perdido. Sé que estoy cerca pero… ¿Estás en casa? Vale, pues métete en Google y pon Plaza de la Concordia, a ver dónde está… ¿Yo? Pues no sé…

El hombre joven ve la calle vacía mirando de derecha a izquierda y después mira al pobre, quien a su vez le mira.

CLIENTE: Aquí no hay nadie para preguntar… El de la inmobiliaria debe de estar aburrido esperándome. A ver si se va a ir y lo perdemos… Me dijo que era una preciosidad de piso y que había varios interesados… (Pausa) ¿Estás ya en Google? Sí, Plaza de la Concordia, 6… Ok, chatita, ahora me voy a enterar de dónde estoy yo y me diriges.

El hombre, sin colgar, busca a alguien para preguntar. El pobre le mira y con el dedo le señala la dirección que cogió el hombre anterior. El hombre le mira un segundo y arranca rápido en dirección contraria.

El pobre se queda solo en la calle. Poco a poco van apareciendo transeúntes. Un anciano con bastón, con andares muy lentos, deja de caminar. Se encuentra mal. Llega hasta el banco con dificultad y cuando está a punto de sentarse, se desploma y cae sobre el pavimento. Inmediatamente todos los transeúntes corren a socorrerle formándose un pequeño corrillo alrededor. El pobre también se levanta pero se queda en un segundo plano.

TRANSEÚNTE 1: ¡Oh, Dios mío! ¿Está usted bien?

El anciano apenas puede balbucear.

TRANSEÚNTE 2: (Dirigiéndose al otro transeúnte) Hay un ambulatorio a una manzana de aquí. Si le llevamos entre los dos tardaremos menos que llamando a una ambulancia.

TRANSEÚNTE 1: Sí, por supuesto. (Dirigiéndose al anciano y hablando un poco más fuerte): ¡Caballero! Usted no se preocupe por nada. Nosotros le llevamos al médico para que le atiendan como es debido.

A duras penas consiguen pasarle los brazos por sus hombros y comienzan a llevarle. El anciano ha recuperado un poco la sonrisa. Otro transeúnte se agacha para coger el bastón, que le devuelve.

La calle poco a poco se va despejando de gente hasta que llega un momento que pasa alguno solo de vez en cuando. Anochece. El pobre, sentado, se encoge y se abriga para protegerse del frío. Después coge un letrero. Se queda como absorto en sus pensamientos y se pone a escribir, pero justo cuando está acabando se desmaya y cae tendido sobre la acera. De vez en cuando pasa algún transeúnte que no repara en el cuerpo. El escenario se queda vacío y algo más oscuro. Al cabo de un rato aparecen dos barrenderos barriendo la calle y silbando. Uno de ellos se acerca al bulto y le da con el pie con cierta aprensión. El cuerpo no se mueve.

BARRENDERO 1: ¡Hostia, tú! ¡Aquí hay un muerto!

BARRENDERO 2: ¡¡No jodas!!

El otro también se acerca. Ambos se quedan mirando en silencio.

BARRENDERO 1: Supongo que habrá que llamar a la policía…

Se quedan unos segundos callados mirando hacia abajo.

BARRENDERO 2: ¿Tienes móvil?

BARRENDERO 1: Lo tengo en mi coche. Está ahí al lado…

Se quedan un rato en silencio mirando el cuerpo.

BARRENDERO 2: Venga, vamos.

Antes de volverse, el barrendero 1 se agacha para recoger del suelo el letrero del pobre y se pone a leerlo.

BARRENDERO 2: ¿Qué haces, joder? Deja esa mierda y vamos a llamar.

El barrendero 1, un poco absorto, se encoge de hombros y lo deposita en la papelera de la farola. La oscuridad no deja leerlo. Un foco ilumina únicamente el letrero, que dice:

“SEÑORES SOLO QUIERO

QUE ME MIREN”

El foco se apaga y se cierra el telón.

FIN

Obra escrita por: JOSÉ MANUEL YUGUERO MARTÍNEZ