Una viaje por la pedagogía y algo mas...

El siguiente diario de viaje relatara, dos momentos importantes de mi vida que tuvieron que ver para mi formación como profesional, ellas son, mis pasos por la escuela primaria como niño y los propios por la escuela secundaria como joven-adulto.

Quizá mi formación universitaria no la tomo para analizar porque creo que en esta etapa, las herramientas que tiene uno como personas, tiene otro tipo de sustento teórico y practico que me permitió tener una mirada diferente de la educación y cuando tenia que defender una postura la hacia con todas mi energías, mientras que en la etapas anteriores mi rol como alumno fue un poco mas pasivo.

Cuando cumplí 5 años, mis padres decidieron que comience mi primer grado en la escuela Juan Manuel Cotta de la ciudad de Dolores provincia de Buenos Aires. Una escuela publica, que se encuentra, a pocas cuadras del centro de la ciudad, donde asistíamos alumnos con padres de clase trabajadora.

Mi escuela

Fachada exterior de la Escuela

Dicha escuela, en la que tengo los mejores recuerdos de mi infancia, tenia la “publicidad” de ser exigente y con un alto grado de disciplinamiento, donde lo que decía el docente se respetaba a “raja tabla”.

Simon Rodríguez seria un crítico de este tipo de escuela debido a que el considera que: “En primer lugar, la certeza de que el trabajo educativo requiere de una atmósfera propicia, capaz de facilitar los espacios para la comunicación. Un espacio pedagógico que se construye; construirlo significaba progresar en la mutua comprensión, en ese proceso de entre-aprendizaje”.

Los primeros años marcaban “a fuego” la educación, donde desde una posición en que el maestro detentaba todo el poder en el aula, se enseñaba.

Quizá era producto de la educación o la instrucción que tuvo aquel maestro, seguramente educado bajo los designios de la escuela “Sarmientista”, donde todos eran in-cultos y había que hacer un trabajo descomunal para sacarlos de esos hábitos.

En palabras de Sarmiento “Las condiciones geográfico-naturales son productivas de un tipo de habitus constitutivo de prácticas sociales, culturales, educativas, y de formas políticas. El habitus es producto del paisaje, del territorio natural, sin equipamientos culturales fabricados; un paisaje constituido por una materialidad natural. Un habitus, a su vez, productor (en tanto sistema de disposiciones) de determinadas prácticas culturales propias del desierto y desiertas de cultura. El terreno inculto, el desierto, ahoga las posibilidades de crecimiento de las ciudades civilizadas).

Cuando Sarmiento se refiere a la in-cultura, lo hace en un gran número de veces en el sentido de in-cultivado: habla de llano inculto, de terreno inculto, de superficie inculta. De este desierto, emerge el caudillo, como expresión de la cultura popular, tal como la ha conformado ese terreno peculiar, la naturaleza salvaje, la extensión inmensa.

La naturaleza, para Sarmiento, es lo descomunal, o el reverso de la vida ciudadana “racional”. En ella se configura la “cultura popular”. La “resignación estoica para la muerte” como “uno de los percances inseparables de la vida”, como una consecuencia del determinismo natural, revela que la campaña imprime carácter, como medio en el cual nace, se cría y se forma este sujeto; pero también denuncia que la configuración del destino con vistas a la muerte, no es más que un producto de la “cultura racional”.

Simon Rodríguez hubiese pensado en ese momento lo importante del co-aprendizaje, al partir de una fuerte crítica al sistema lancasteriano debido a su método memorista y a su rígida disciplina. La clave pasa por lo compartido, por lo que puede ser aprendido de y con los demás.

Vale decir, resulta imposible el “inter-aprendizaje” si se parte de una descalificación de los otros.

Rodríguez consideraba que los niños debían preguntar y no repetir, para obedecer a la razón, y no a la autoridad.

Recuerdo que los manuales de estudio, que contenían las “verdades” incuestionables sobre ciencias naturales y ciencias sociales, eran la editorial Santillana y en los cursos superiores de la editorial Kapeluz.

Acá es donde apunto, cuando veo la educación tradicional “bancaria”, llena de datos que quizá no tenían en muchos casos una conexión con la realidad, pero que si no sabias lo que decía el manual, seguramente serias uno mas que tendría que asistir al recuperatorio en diciembre.

Son anécdotas que recuerdo, porque cuando uno las analiza hoy, luego de vivir otra realidad y en otra educación, con biografía como la que analizamos en este viaje; todo esto permite criticar y tomar posturas, a mi entender constructivas de la educación argentina.

El peronismo

Por eso sin vivir el sistema educativo durante la etapa del peronismo, considero que significo la bisagra de la educación argentina. Un peronismo que, como dice el texto constituyó un programa político-formativo nacional, popular y en clave latinoamericanista, que se propuso incorporar, por primera vez y de manera masiva, a los trabajadores y a los sectores populares (el pueblo) en un sistema educativo que acompañara al proyecto productivo nacional.

A la vez, incorporó a la vida política y al ejercicio más pleno de la ciudadanía a las mujeres, es decir, al menos a la mitad de la población, asumiendo de este modo las banderas de luchas que habían comenzado décadas antes, simbolizadas en figuras emblemáticas como Juana Azurduy, y más adelante en las militantes socialistas, anarquistas, radicales, que reivindicaban la necesidad de democratizar la sociedad habilitando, para ello, la participación política de las mujeres.

En consecuencia, el proyecto peronista impactó de manera directa en todos los hogares y en las configuraciones familiares, el orden social y la concepción de los roles y de la infancia, como sujeto de derechos privilegiado.

La secundaria

Pasando a mi etapa secundaria el panorama fue distinto, si bien la escuela que asistí es de origen católico, la personalidad de los profesores y la manera de enseñar cambio rotundamente.

No digo que fueron todos, porque mas de uno parecían Sarmiento en persona, pero su gran mayoría nos permitió desarrollar un estilo propio de aprendizaje, quizá el dialogo, el ida y vuelta resultaron mas común, algo que en la primaria fue mas difícil.

Por esta razón en esta etapa de mi diario no puedo dejar de nombrar a Pablo Freire, quien aposto siempre a la pedagogía del dialogo.

Freire consideraba que en el diálogo se nos revela la palabra, que es el diálogo mismo. Un diálogo que debe entenderse de dos maneras: como superador de la mera conversación o de las palabrerías y como un alerta frente al activismo.

Video sobre la entrevista a Paulo Freire

La importancia de lo que dice Freire, también radica en esta doble dimensión del diálogo: la acción y la reflexión, articuladas entre sí. Sin embargo, lo más relevante de la propuesta de Freire es el alcance del diálogo en cuanto modo de pronunciar la palabra: “decir la palabra verdadera es transformar el mundo [...] Existir, humanamente, es pronunciar el mundo, es transformarlo” (Freire, 1970: 99-100). Lo que permite resaltar el anudamiento entre diálogo y transformación, cuestión política central del pensamiento freireano.

El diálogo indica un tipo de comunicación para construir la verdad, que nadie posee de manera absoluta; en este sentido instaura un principio de derecho a la igualdad cognitiva al rechazar toda verdad prescriptiva o dicha para otros (en virtud de un poder desigual en las relaciones de fuerza). El diálogo se opone al “anti-diálogo”, propio de la educación bancaria; por eso la educación dialógica es la que niega los comunicados y genera la comunicación (cf. Freire, 1970: 85), ya que esta comunicación permite a los hombres emerger de la dominación y la opresión y trabajar por su liberación. Hay un sentido crítico-político del diálogo: el trabajo con los otros y no para ellos (como en el asistencialismo, el paternalismo o el adoctrinamiento); el trabajo para los otros luego deviene trabajo sobre o contra los oprimidos. El diálogo es praxis, es acción más reflexión, y posee un alcance político indiscutible, afirmando así la politicidad de la educación en dos sentidos: uno relacionado con la democratización de los espacios sociales y los trabajos culturales y el otro vinculado con la intervención transformadora (sobre la base de aquel requisito) en el mundo social y cultural.

Este es mi viaje, un viaje que me resulto muy movilizador, porque a través de los foros y las actividades, recordé aquellos momentos de la escuela que hasta ahora no había reflexionado.

Agradezco la posibilidad de participar en este seminario, porque es importante reflexionar de vez en cuando para no caer en sensación de que no hay nada por hacer, cuando en realidad nos están aportando las herramientas para hacer todo.

Fin de un gran viaje que continuara...

Profesor: Jorge Froilan Gisondo

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